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Diego Alejandro Borbón Rodríguez*

Usualmente se pretende justificar la prisión perpetua al señalar que quienes cometen delitos graves padecen trastornos mentales y son incurables. Esta narrativa falaz muy común en los discursos políticos no podría estar más lejos de la realidad. Incluso, siguiendo el MacArthur Violence Risk Assesment Study del año 1998, los actos violentos cometidos por personas que salen de hospitales psiquiátricos no son mayores a los que comete la comunidad en general1. Esta opinión la respaldan los expertos en neuroderecho y psicopatología forense del Instituto Nacional de Ciencias Penales de México, Eric García-López PhD2 y José Nicolás Martínez López PhD3, quienes advierten, además, que este tipo de afirmaciones estigmatizan y en nada aportan a una científica comprensión del comportamiento humano jurídico-penalmente relevante.

Ahora bien, el neuroderecho, en inglés neurolaw, aborda, estudia y expone la unión entre neurociencias y derecho, para aportar una mejor comprensión del comportamiento humano de cara a los tribunales de justicia4. Este nuevo campo de estudio, por ejemplo, puede encontrar puntos comunes con la criminología como el estudio del porqué del delito. La criminología clínica ha hecho especial énfasis al analizar la psicopatía y los trastornos de personalidad en su relación con la comisión de delitos. Lo primero que resulta relevante es poner de presente que el concepto de psicopatía es difuso y no existe unanimidad en su definición. Etimológicamente podemos reconocer su origen como psico-phatos, patología de la mente, al fin y al cabo, nada específico. Robert Hare, reconocido psicólogo, popularizó el PCL, o psychopathy check list y su versión revisada PCL-R. Dicha herramienta psicométrica de diagnóstico consta de 20 puntos, entre ellos, egocentrismo, mentira, manipulación, irresponsabilidad, impulsividad, falta de empatía, entre otros5. Ahora bien, la psicopatía como diagnóstico no existe en los manuales internacionales como el CIE (Clasificación Internacional de Enfermedades) o el DSM (Manual Diagnóstico y Estadístico de Enfermedades Mentales).

Resulta distinto el Trastorno Antisocial de la Personalidad, TAP, reconocido como tal en el DSM-V de la APA, o como Trastorno Disocial de la Personalidad en la versión 10 del CIE de la OMS. La Asociación Psiquiátrica Americana APA, reseña que entre un 0,2% y un 3,3% de las personas en la población general podrían cumplir los criterios diagnósticos de este trastorno mental6. Sin embargo, en prisiones, la prevalencia de este diagnóstico puede ser del 15% hasta el 47%7. Salta a primera vista la evidente relación estadística que parece tener este trastorno de personalidad y estar privado de la libertad. De la misma manera, se relaciona este diagnóstico con la alta reincidencia después del cumplimiento de la pena. Así como gran parte de la bibliografía resalta la dificultad que resulta tratar psicológicamente a personas con este diagnóstico.

Este trastorno de la personalidad suele asociarse a ciertas anormalidades estructurales y funcionales en la corteza prefrontal8 y la amígdala cerebral9 del paciente. En específico, la corteza orbitofrontal del cerebro está relacionada con el control de impulsos y la planificación. Por otra parte, la amígdala cerebral hace parte esencial del sistema límbico, esto es, de las emociones. Incluso, la amígdala es fundamental para identificar y actuar frente a situaciones de riesgo y miedo.

Finalizado el contexto, es relevante aportar un primer acercamiento a la desmitificación de este trastorno. En primer lugar, las estadísticas aportadas son criticadas por ser sobrediagnósticos de TAP en prisiones. Tómese por ejemplo el primer de siete criterios diagnósticos, el cual, siguiendo el DSM-V, dice: “incumplimiento de las normas sociales respecto a los comportamientos legales, que se manifiesta por actuaciones repetidas que son motivo de detención”. Pregunto, ¿acaso no todas las personas que se encuentran privadas de su libertad han incumplido normas sociales y se encuentran detenidas? El criterio diagnóstico número dos reza así: “engaño que se manifiesta por mentiras repetidas, utilización de alias o estafa para provecho o placer personal”. El investigador mencionado anteriormente, José Nicolás Martínez López PhD, critica profundamente la patologización de la mentira. Entre otras cosas, porque la mentira se presenta como un comportamiento evolutivo presente desde la infancia y necesaria para la adaptación social10.

El hecho es que es necesario partir de que las personas privadas de su libertad lo están por haber quebrantado normas jurídicas y haber incurrido en conductas antisociales, por lo que las cifras que relacionan la prevalencia de este tipo de trastornos pueden estar sobredimensionando la realidad en prisiones. Incluso relevante resulta diferenciar los rasgos de personalidad a los trastornos de personalidad. Siendo los rasgos de personalidad parte de la identidad subjetiva de cada persona, más un trastorno cuando se vuelven incompatibles con las relaciones interpersonales, laborales, académicas, la autopercepción entre otras, que generan sufrimiento en quien la padece11.

Los comportamientos contra la vida, integridad personal, libertad y formación sexuales contra niños, niñas y adolescentes no necesariamente están relacionados con una enfermedad mental o con un trastorno de personalidad o psicopatía. Estudios de criminología sexual, enfocados a aspectos de aprendizaje criminal, psicológicos, sociales o biológicos indican, entre otros, los siguientes aspectos:

• El uso de comportamientos violentos frecuentes y el aprendizaje de los beneficios que se obtienen de ello.• Complejos que limitan su identidad sexual, lo que puede propiciar el interés en la exploración de diversos estímulos sexuales para superar la situación.• Un mayor impulso sexual, derivado de la cantidad de testosterona en la sangre (hormona esteroide del grupo andrógeno), que no puede ser asimilada correctamente por el organismo.• Exigencias socioculturales que imponen estereotipos asociados a un impulso sexual fuerte, olvidando los aspectos sentimentales, el respeto y los compromisos sociales12.

Lo cierto es que gran parte de los factores que podrían conducir a la violencia contra niños, niñas y adolescentes están lejos de ser asuntos exclusivos de la psicopatología. La violencia intrafamiliar, las lesiones y homicidios contra menores, parecen ser cuestiones más de cultura, relaciones de control y poder, machismo y prevención13, que tan solo de salud mental. Por su parte, los delitos sexuales no están causalmente relacionados con padecimientos mentales o psicopatías. Es decir, nada es óbice para analizar criminológicamente los comportamientos contrarios a la infancia y adolescencia; a partir de esto plantear propuestas serias con sustento real que pueda conjurar y brindar una respuesta real a la problemática.

Por otra parte, las conductas victimizantes relacionadas con personas que padecen algún trastorno mental, no excluyen el posible tratamiento, sea con miras de curar un padecimiento mental, o de intentar ajustar las conductas a lo que socialmente se espera. Tanto mediante un abordaje psicológico, como farmacológico, es preferible a tener que renunciar a un ciudadano que conserva su dignidad humana y no debe ser discriminado o estigmatizado por el padecimiento de una enfermedad mental. Inclusive, en los trastornos antisociales de personalidad, o en psicopatías, donde se cree que la persona es incurable, esto no parece ser del todo cierto. La terapia cognitivo conductual ha mostrado algunos resultados positivos en pacientes adultos. La terapia cognitivo-conductual está dirigida ajustar rasgos de personalidad como la impulsividad o la agresividad, o las dificultades interpersonales y puede ayudar a reducir las conductas desafiantes14. Incluso en países como Inglaterra se han implementado programas especializados de tratamiento a trastornos severos de personalidad. En otras palabras, no existe la “intratabilidad” de una persona que padece una enfermedad mental, como tampoco existe la delincuencia por “naturaleza”. El cerebro es plástico, cambiante, moldeable, se ajusta a sus circunstancias. Si bien es en la infancia donde más periodos críticos de neuroplasticidad existen15, ello no es óbice para que a lo largo de toda la vida humana el cerebro conserve su capacidad neurobiológica de cambiar.

Los avances en neuropsicología incluso nos indican que el enfoque debería estar principalmente dirigido a la prevención. Interviniendo tempranamente a la posible víctima, como también a la intervención temprana de población en riesgo de desarrollar algún trastorno mental. Las situaciones victimizantes en la infancia, como traumas producto del abandono parental o la agresión física, someten al cerebro del infante a niveles de estrés que eventualmente podrían desarrollarle distintos tipos de padecimientos mentales. Si bien hay estudios que relacionan la predisposición genética a conductas violentas o antisociales, este factor no logra explicar satisfactoriamente el surgimiento de un trastorno. El psiquiatra estadounidense George L. Engel, con su modelo biopsicosocial16, relaciona la importancia de los factores biológicos, como la genética; los psicológicos, como emociones y pensamientos y sociales, como la educación, pobreza y oportunidades. En otras palabras, no existe el “delincuente nato” por razones genéticas. Así como tampoco existen las personas intratables. Toda persona diagnosticada con un trastorno mental puede ser sujeto de un tratamiento psicológico y/o psicofarmacológico, e independientemente de la posibilidad de “curar”, la dignidad humana que conserva debe ser vinculada a procurar reducir clínicamente el sufrimiento que su condición le puede estar causando.

Lo cierto es, el diagnóstico de una enfermedad mental no está relacionada a la delincuencia, incluso, estadísticamente las personas con trastornos mentales o discapacidades psicosociales son muchísimo más propensas a ser víctimas que victimarios.

En fin, la implementación de la cadena perpetua en nada contribuiría para solucionar las causas estructurales ni abordar integralmente la problemática. En ese sentido, bien exponen las investigadoras del Centro de Investigación en Política Criminal, Pardo, Moncayo y Olarte: “La cadena perpetua no estaría enfocándose en el problema y estaría invisibilizando las causas y los factores de riesgo que requieren un abordaje integral, hacia la protección de las familias y la construcción de políticas preventivas orientadas al bienestar de toda la población, en especial los niños, las niñas, los adolescentes y las mujeres17.

Respetuosamente concluyo afirmando: la prisión perpetua representa una herramienta simbólica y política alejada del entendimiento científico del comportamiento humano, con el único propósito de responder a fenómenos de opinión pública; eso es y nada más.

Citas

MacArthur Community Violence Risk Study. 1998.

GARCÍA-LÓPEZ, Eric. Imputabilidad y psicopatología forense. Expediente INACIPE. 29 de mayo de 2018.

MARTÍNEZ, Nicolás. Psicopatía y criminalidad. Conferencia INACIPE. Abril 2020.

GARCÍA-LÓPEZ, Eric. Psicopatología Forense, comportamiento humano y tribunales de justicia. Manual Moderno. 2014.

HARE, Robert. Psychopathy Check List. 1991.

DSM-V, Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales. American Psychiatric Association Editorial Médica Panamericana.

PÉREZ, Ernesto. Psicología, Derecho Penal y Criminología. Editorial Temis. 2015.

CABALLO, SALAZAR Y CARROBLES. Manual de Psicopatología y trastornos psicológicos. Pirámide. 2017.

Op. Cit. GARCÍA-LÓPEZ ERIC. 2014.

10 Op. Cit, MARTÍNEZ, Nicolás. Psicopatía y criminalidad.

11 Op. Cit. DSM-V. APA.

12 GÓMEZ, Erick y JUÁREZ, Estefany. Criminología Sexual. Rev. IUS vol.8 no.34 Puebla jul./dic. 2014.

13 GARCÍA, Lizbeth. Criminología y violencia familiar: una aproximación a la violencia en el hogar a partir del estudio de las características del maltratador.

14 NICE The National Institute for Health and Care Excellence. Personality disorders: borderline and antisocial. Quality standard. Published: 11 June 2015.

15 PURVES, AUGUSTINE, FITZPATRCK et al. Neurociencia. Ed. 5.

16 BORRELL, Francesc. El modelo biopsicosocial en evolución. Med Clin (Barc) 2002;119(5):175-9.

17 PARDO, A; MONCAYO, A y OLARTE, A. “Consideraciones sobre la inviabilidad de la prisión perpetua. Centro de Investigación en Política Criminal. Universidad Externado de Colombia. 2019.

#YoEscriboYoLeoDerecho

* Abogado de la Universidad Externado de Colombia. Monitor del Centro de Investigación en Política Criminal de la Universidad Externado de Colombia. Facultad de Derecho. Correo: diego.borbon01@est.uexternado.edu.co ORCID: https://orcid.org/0000-0002-2115-2105. El contenido del artículo representa exclusivamente las opiniones del autor.

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